
Menos de un segundo por vuelta los separa de Mercedes, pero Red Bull ya no es el equipo a vencer. Después de tres Grandes Premios, la escudería austriaca está sexta en el campeonato de constructores, empatada con Alpine y a merced de un futuro incierto que tiene a Max Verstappen cuestionando su permanencia en la Fórmula 1.
El diagnóstico es contundente
Isack Hadjar no se anduvo con vueltas tras el GP de Japón: «El único positivo ahora es que podemos manejar el auto rápido, pero no tenemos idea de cómo hacer uno veloz», afirmó el francés. «Tenemos una buena unidad de potencia. El motor está bien. Es solo que el lado del chasis es terrible, simplemente lento en las curvas.»
La confesión de Hadjar golpea donde más duele. Muchos esperaban que el nuevo motor de Red Bull fuera el problema tras abandonar el propulsor Honda. La realidad es peor: el chasis RB22 es un desastre y el equipo no sabe por dónde empezar a arreglarlo.
La brecha crece carrera a carrera
Laurent Mekies, jefe de equipo, lo resume sin filtro: «Empezamos a rascarnos la cabeza desde China». La brecha con Mercedes creció de un segundo en Australia a una distancia abismal en Suzuka. McLaren, que parecía al alcance en Melbourne, ahora compite en otra liga.
Y no es un detalle menor: Verstappen, el hombre que dominó la F1 durante años, está en plena crisis existencial. A los 28 años, el cuatro veces campeón mundial públicamente cuestiona si la F1 todavía le importa. «Hay muchas cosas para mí personalmente que resolver», declaró tras la clasificación en Japón.
Un equipo sin respuestas
Mekies intenta mantener la calma: «Resolver este tipo de problemas complejos es nuestro negocio principal». Pero las palabras suenan huecas cuando el auto no mejora y los rivales se alejan.
La pregunta ahora no es si Red Bull puede recuperarse esta temporada, sino si Verstappen estará ahí para verlo. Con contrato hasta 2028 pero mentalmente en otra parte, el futuro del campeón es tan incierto como el del equipo.



